En un fondo de inversión la ley no deja que la misma empresa haga de todo. Hay, como mínimo, dos papeles que la gente mezcla. La gestora diseña el fondo, decide la cartera (o la copia del índice) y administra las entradas y salidas de partícipes. El depositario es otra entidad: custodia los títulos y el efectivo del fondo, y controla que la gestora cumpla el folleto y la normativa.
La separación existe por un motivo feo y razonable. Si quien decide comprar y vender las acciones pudiera, además, tenerlas en una cuenta a su nombre, el riesgo no sería solo que el mercado baje: sería que el dinero del fondo se confunda con el de la empresa que lo gestiona. El depositario está para que los activos estén a nombre del fondo (o de un subcustodio bajo su responsabilidad) y para decir que no cuando la gestora se salta las reglas: un límite de concentración, un activo no permitido, un valor liquidativo mal calculado, un reembolso que no se puede pagar.
En España, en muchos fondos de bancos y antiguas cajas, el depositario es una entidad tipo Cecabank. En fondos luxemburgueses o irlandeses suele ser un banco depositario internacional (una filial de State Street, BNP Paribas, Caceis, etc.). Tú no abres una cuenta con ellos para «tener el fondo». El cliente del depositario es el propio fondo. Tú eres partícipe: dueño de una parte de esa hucha, no titular de las acciones sueltas que hay dentro.
Qué hace y qué no hace
Su trabajo cotidiano es poco cinematográfico y bastante importante: liquidar las compras y ventas de la cartera, guardar los valores, conciliar posiciones, vigilar flujos de suscripción y reembolso y, en la Unión Europea, ejercer una función de control sobre la gestora. No te llama para recomendarte un producto. No es el director de tu oficina. No es Allfunds. No es MSCI.
Tampoco es un seguro contra pérdidas. Si el índice que replica el fondo cae un 30%, el depositario no te cubre esa caída. Lo que cubre —mejor dicho, lo que está diseñado para reducir— es el riesgo operativo y de fraude de la gestora: que los títulos no estén donde deberían, que se valoren mal, que se mezclen con el balance de otro. Si la gestora desaparece, el patrimonio del fondo no «se lo queda» la gestora; sigue existiendo como vehículo, con el depositario de por medio, y en principio se puede cambiar de gestora. Eso no equivale a «tu dinero está garantizado».
De dónde salen sus ingresos
El depositario cobra una comisión de depósito, casi siempre un trozo pequeño de los gastos corrientes del fondo, muy por debajo de la comisión de gestión. Se resta igual que el resto del TER: del valor liquidativo, cada día, sin factura a tu nombre. En un fondo caro de sucursal, lo que duele no es el depositario; es la gestión y, si la hay, la retrocesión al banco. En un ETF o un indexado barato, el depósito sigue estando, pero el cajón entero es mucho más bajo.
Confundir depositario con «mi banco me custodia las participaciones» es fácil. Tu banco o tu bróker sí puede ser el comercializador: te enseña el fondo en la app, te hace la suscripción y te muestra el extracto. Eso es distribución. El depositario del fondo es otra capa, más abajo, que ni siquiera tiene por qué ser del mismo grupo. Son oficios distintos y cobran por cosas distintas.
Contenido informativo. No constituye asesoramiento financiero personalizado. Invertir conlleva riesgo de pérdida de capital. Las cifras de ejemplo salen de documentos públicos (KID, CNMV, informes de las propias empresas) y pueden actualizarse.
¿Por qué te contamos esto?
Porque cuando te «asesoran» un fondo, casi nunca ves esta cadena. Mony no custodia ni vende fondos. Queremos que sepas quién cobra qué.
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